La memorable historia de Wilma Rudolph

 

La historia de Wilma Rudolph (Tennessee, Estados Unidos, 23 de junio de 1940- 12 de noviembre de 1994) es de esas que ponen la piel de gallina. Nació en una familia muy humilde. Según algunas informaciones fue la vigésima de veintidós hermanos. Otras sitúan la cifra en veintiuno, veinte o diecinueve. En cualquier caso, una familia muy numerosa. Su padre era mozo de almacén. Su madre era sirvienta. Todos negros. Wilma nació prematura, pesó solo dos kilos. Cuando llegó al mundo a su madre no le atendieron en el hospital porque estaba reservado solo para los blancos. Nació en una chabola. 

A los cuatro años sufrió un ataque de poliomelitis que afectó a sus piernas. La rehabilitación y un aparato ortopédico colocado en su pierna izquierda ayudaron a que volviese a caminar con normalidad a los nueve años. Hasta los once tuvo que llevar zapatos especiales. 

Del baloncesto al atletismo

Cuando se recuperó del todo comenzó a jugar a baloncesto en el colegio. Con el equipo del Clarksville High School se convirtió en la mejor jugadora del estado de Tennessee. Jugó hasta que un entrenador, Ed Temple, la encaminó hacia el atletismo. Temple no se equivocó. Wilma Rudolph había nacido para ser atleta. A pesar de todas las dificultades que vivió en años anteriores. Rudolph era alta, media 1,81 m y delgada, pesaba 60 kilos. 

Con tan solo dieciséis años se clasificó para los Juegos Olímpicos de Melbourne superando previamente pruebas locales y estatales. Cayó eliminada en los preliminares de los 200 metros lisos pero se colgó la medalla de bronce con el relevo estadounidense de 4×100. Conseguido su primer metal olímpico, tocó prepararse para la siguiente cita, la de Roma 1960. Tres años antes, en 1957, ganó el campeonato nacional junior de 75 y 100 yardas. En 1958 fue madre. Dos años más tarde se clasificó para los Juegos de Roma. 

Tres oros en Roma 1960

En la capital italiana alcanzó la cima. Ganó tres medallas de oro. Se convirtió en la primera mujer estadounidense en ganar tres oros en unos Juegos Olímpicos. En las semifinales de los 100 metros lisos igualó el récord mundial (11.3). En la final ganó con tres metros de ventaja sobre la segunda clasificada, la británica Dorothy Hyman, batiendo el récord del mundo con un tiempo de 11.0. Una marca que no fue válida por el viento favorable superó el límite que estaba permitido. Pero lo importante era ser campeona olímpica.

La superioridad con la que ganó los 100 metros, se repitió en el doble hectómetro. Ganó los 200 metros con un tiempo de 24.0. La alemana Jutta Heine, plata, hizo 24.4. La tercera medalla de oro en Roma llegó en el relevo 4×100. Las estadounidenses, con Wilma Rudolph como última relevista, se impusieron a alemanas y polacas con un tiempo de 44.5.

“La gacela negra”, así la llamaron, ganó tres oros olímpicos convirtiéndose en la reina de la velocidad con tan solo veinte años. Tenía toda una carrera deportiva por delante para aumentar el botín de medallas. En 1961 batió en Stuttgart (Alemania) el récord mundial de 100 metros con una marca de 11.2. 

Cuando parecía que llegaría a Tokio 1964 como la gran favorita para revalidar los tres títulos olímpicos, decidió retirarse a los veintidós años, en 1962. 

Un final prematuro

Tras poner fin a su carrera deportiva, retomó los estudios y comenzó a trabajar con los jóvenes de los guetos de las grandes ciudades. Luchó por la incorporación de la mujer al deporte y por la integración de los negros en la sociedad. Creó una fundación dedicada a ofrecer entrenamientos gratuitos y a organizar competiciones entre los jóvenes sin recursos. 

Un tumor cerebral puso fin a su vida el 12 de noviembre de 1994. Tenía 54 años. Una historia de superación, entrega, precocidad y perseverancia. De no rendirse a pesar de tantas dificultades. Wilma Rudolph, una mujer memorable. “Nunca subestimes el poder de los sueños y la influencia del espíritu humano. El potencial para la grandeza vive en nuestro interior” solía decir. 

 

 

Fotos: GETTY

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