Mari Paz Corominas: la pionera del deporte femenino español

Era solo una niña. A los dieciséis años, Mari Paz Corominas (Barcelona, 2 de junio de 1952) se convirtió en la primera española que disputaba una final olímpica.  25 de octubre de 1968. Un día para recordar del que no se ha hablado lo suficiente. España llevó solo dos representantes femeninas a los Juegos Olímpicos de México, ambas en natación. Corominas y Pilar von Carsten eran minoría en la delegación de nuestro país. La primera se convirtió en una auténtica pionera al acabar en séptimo lugar los 200 metros espalda.

El deporte femenino vivía tiempos difíciles. Algunos creían que las mujeres no podían dedicarse al deporte. El tiempo y los resultados han demostrado que estaban equivocados de principio a fin.La participación femenina española en los Juegos Olímpicos hasta México 68 había sido escasa, prácticamente nula en las primeras ediciones. Dos mujeres participaron en París 1924 y once en Roma 1960. Afortunadamente las cifras empezaron a subir poco a poco en siguientes citas olímpicas, hasta alcanzar las 125 mujeres en Barcelona 92 y casi equipararse con los hombres en Río 2016 con 144 representantes. Si no hubo grandes resultados femeninos antes de Barcelona, fue porque no se dieron las mismas oportunidades para intentar ganar a las deportistas que a los deportistas.

Todo comenzó en la piscina de Montjuic

Por eso el mérito de Mari Paz Corominas fue enorme. Todo empezó gracias a las actividades de deporte del colegio. Los fines de semana de verano, ella y sus compañeros iban a entrenar a la piscina de Montjuic. Comenzó a destacar en espalda y su padre le apuntó al Club Natación Sabadell. Su madre le llevaba en un 600 a entrenar tres veces a la semana. Cada día entrenaba dos horas. “No teníamos dietista, ni masajista, ni nada, se trataba de hacer caso a lo que te decían”.

Durante el ciclo olímpico se vio que podía hacer algo importante en los Juegos de México. Comenzó a nadar a los doce años y un año después se convirtió en campeona nacional de espalda. La precocidad de Corominas no tenía límites. A los catorce años llegó a la final del Campeonato de Europa de Utrecht y fue plata europea junior.

Durante el ciclo olímpico de México 68 dominó la natación española

Antes de México 68, se convirtió en la gran referencia española en espalda. En julio de 1966 batió el récord de España de 100 metros espalda. Ese año rebajó la plusmarca en siete ocasiones, hasta dejarla en cuatro segundos menos que la anterior. Entre 1966 y 1968 logró dos títulos nacionales y el oro en los Juegos del Mediterráneo de Túnez. En los 200 metros espalda también demostró su superioridad. En tres años destrozó el récord de España en casi quince segundos. Una bestialidad.

La nadadora española llegaba a México confiada en hacer algo grande tanto en los 100 como en los 200 espalda. De hecho era en la prueba más corta donde llegaba con mejores resultados, partía con la séptima mejor marca. Desafortunadamente no logró clasificarse para la final del hectómetro , acabó decimocuarta con un tiempo de 1:11.0. Su mejor resultado, hubiera significado el sexto puesto en los Juegos de Tokio 1964. Su récord de España (1:09.5) permaneció imbatido durante ocho años.

Tres días más tarde, la decepción de los 100 espalda se convirtió en esperanza, por lograr algo inédito para el deporte femenino español. Las eliminatorias de los 200 metros espalda establecían que las nadadoras tenían que nadar solo una ronda previa. La clasificación para la final llegó tras quedar primera en su serie. El pase tardó en llegar más de lo esperado, porque hubo reclamaciones que finalmente no fueron atendidas.

No fue diploma olímpico pero sí algo histórico

A los dieciséis años, Mari Paz Corominas consiguió un fantástico séptimo puesto que en aquellos días no significaba diploma olímpico, pero que fue histórico para el olimpismo femenino español. Se podría decir que con la pionera Mari Paz Corominas comenzó todo. En los Europeos de Barcelona celebrados en 1970 se metió en la final de los 800 metros libres, otro éxito más para una mujer que dejó de competir a los 21. A pesar de que era muy pronto para retirarse “nadie me pidió que continuase”. “Ya no me quedaban ganas de seguir, había perdía la ilusión, porque no recibíamos ningún tipo de ayuda”. “Quería ser una persona normal, aunque a veces me pregunto si podía haber alargado un poco todo aquello”.

 

Un inventor llamado Dick Fosbury

Los Juegos Olímpicos de México celebrados en 1968, son recordados por muchos motivos, casi todos buenos. El 20 de octubre de aquel año, un atleta llamado Richard Douglas Fosbury, nacido en Portland (EEUU) el 6 de marzo de 1947, revolucionó el salto de altura para siempre. A Dick Fosbury se le puede considerar como el inventor de una nueva forma de saltar innovadora, que le valió para pasar a la historia del atletismo.

A los 12 años comenzó a utilizar la técnica de saltar de espaldas. Lo calificaron de excéntrico, pero poco a poco fue perfeccionando sus saltos. En el mismo año de los Juegos de México, se proclamó campeón universitario con la Universidad de Oregón y después ganó las pruebas de selección olímpicas de Estados Unidos con una marca de dos metros y veintiún centímetros.

Llegó a la cita olímpica mexicana, sin ser el favorito. Lo eran, el también estadounidense Edward Caruthers y el soviético Valentin Gavrilov.

Revolucionó gracias a un nuevo salto. El llamado “Fosbury flop” consistía en llegar corriendo al listón, impulsarse con el pie izquierdo y pivotando sobre el mismo, atacar el listón con la cabeza y la espalda por delante. O lo que es lo mismo, saltando de espaldas por primera vez en la historia.

Fosbury logró que todos los saltadores de altura cambiaran su técnica

 

Hasta ese momento, todos los atletas saltaban hacia delante. Una revolución en toda regla. Un cambio total en el estilo de salto. Le ayudó que por primera vez, hubo colchonetas en la caída de los saltadores de altura. A partir de aquel día todo cambió en el salto de altura. Doce años después, en Moscú 1980, trece de los dieciséis finalistas utilizaron el salto de Fosbury. En la actualidad todos los atletas que compiten en salto de altura lo hacen con el “Fosbury flop”.

Dick Fosbury venció dando la sorpresa con un salto de 2,24 metros y sin cometer ni un solo fallo hasta los 2,22 metros. Edward Caruthers fue segundo con 2,22 metros y Valentin Gavrilov acabó en tercer lugar con 2,20 metros. Fosbury intentó batir el récord mundial situado en 2,28 metros, en poder del soviético Valeri Brumel, pero no lo consiguió.

Tras ser campeón olímpico en México dejó un legado eterno. Dijo que su objetivo era quedar entre los cinco primeros, que no estaba preparado para ganar, que se iba. Solo tenía 21 años. Se rieron de él, le trataron de loco y se convirtió en un creador de un estilo que se mantendrá por los siglos de los siglos. Una leyenda olímpica con tan solo un día de gloria. No le hizo falta más.

FOTOS: GETTY

El increíble récord mundial de Bob Beamon

Todos los medallistas olímpicos tienen un día de gloria en su carrera. Robert “Bob” Beamon (Nueva York, 29 de agosto de 1946) eligió la tarde del 18 de octubre de 1968 para pasar a la historia del atletismo con un increíble récord mundial en salto de longitud. El mundo entero se quedó con la boca abierta y Beamon escribió una de las páginas de oro más importantes de la historia del deporte. Era un récord del siglo XXI. Un vuelo para la eternidad. Un salto bestial.

Los inicios del campeón

Bob Beamon comenzó su carrera deportiva en la Jamaica High School de Long Island, Nueva York. Después se trasladó a Carolina del Norte donde entró en el Agricultural and Technical College. Tuvo una niñez problemática. Su madre murió de tuberculosis cuando era muy pequeño. Su padre era maltratador. Por eso su hermano mayor nació con discapacidad mental. A los 12 años ya saltaba seis metros en longitud. A los 14 sobrepasó los siete metros. Años más tarde ingresó en la Universidad de Texas y formó parte de su equipo de atletismo. Además de su deporte, le gustaba el baloncesto, tenía facilidad para saltar y para correr en pruebas de velocidad.

Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos de México, fue expulsado de la Universidad de Texas. Se negaba a competir contra la Universidad Brigham Young de Utah, porque no aceptaba negros en su equipo. Tras la expulsión entrenó con uno de sus grandes rivales, el también estadounidense Ralph Boston, campeón olímpico en Roma 1960 y subcampeón en Tokio 1964. Boston era el dueño del récord mundial de salto de longitud con una marca de 8m35cm conseguida tres años atrás e igualada por el soviético Igor Ter-Ovanesian en 1967.  

Uno de los favoritos para ser campeón olímpico

Beamon llegaba a los Juegos de México como uno de los favoritos para ser campeón olímpico, pero ni mucho menos se pensaba que lograría una marca extraterrestre como la de aquella tarde mágica y memorable. El saltador de longitud americano, había ganado veintidós de las veintitrés competiciones en las que había participado aquel año y tenía la marca mundial del año 1968 con 8 metros y 33 centímetros. Llegó a batir el récord de Boston en los trials clasificatorios con 8m39cm, pero la marca no fue homologada por viento ilegal.

Nadie sabía lo que sucedería más tarde. En la clasificación, Beamon casi se queda fuera, hizo nulo en los dos primeros saltos y después saltó 8m19cm y comenzó la lucha por las medallas.Llegado el momento de la final de salto de longitud, Beamon se preparaba para saltar junto a los demás favoritos de la prueba: los plusmarquistas mundiales y el campeón olímpico y europeo, el británico Lynn Davies.

Un récord mundial y olímpico para la eternidad

A las cuatro menos cuarto de la tarde del 18 de octubre de 1968, Bob Beamon se dispone a saltar. Lleva el dorsal 254. Curiosamente, el mismo que llevaría años más tarde en Moscú 80 otro mito del atletismo, el británico Sebastian Coe. El cielo amenaza lluvia. El viento es legal, justo los 2 m/s que se necesitan para que la marca sea totalmente válida. Beamon viste camiseta azul marino y pantalón blanco e inicia la carrera hacia la gloria eterna. Diecinueve zancadas y seis segundos más tarde, aterriza en la arena tras el mejor salto de todos los tiempos hasta ese momento, 8 metros y 90 centímetros, superando en más de medio metro la anterior plusmarca mundial y estableciendo un nuevo récord olímpico que se mantiene después de varias décadas.

La medición se hizo eterna. El sistema que se utilizaba en aquellos días no estaba preparado para una marca tan estratosférica. Lo midieron manualmente, con una cinta métrica. El salto era completamente legal, Beamon no había pisado tabla, el viento era el máximo permitido. El nuevo récordman mundial y olímpico de salto de longitud no reaccionó cuando vio el 8m90cm en el marcador. Lo hizo cuando Ralph Boston le tradujo los metros en pies y pulgadas: 29 con 2,3 pulgadas. Beamon se volvió loco. Dio brincos, cayó de rodillas al suelo llorando y abrazándose a sus compañeros. Estaba tan fuera de sí que hasta se mareó y tuvo que ser atendido por los médicos.

Una ventaja sideral con el resto de favoritos

Después de aquella impresionante gesta, empezó a llover. Beamon solo hizo un salto más de 8,04 metros. No le hacía falta más. Fue campeón olímpico con 71 centímetros de ventaja sobre el subcampeón, el alemán Klaus Bee (8m19cm) y con 74 sobre Ralph Boston (8m16cm). Ekl soviético Ter-Ovanesian solo pudo ser cuarto con 8 metros y doce centímetros y el británico Davies, noveno con 7,94m. El defensor del título dijo de Beamon: “ha destrozado la prueba”. Mientras que Ter-Ovanesian declaró “comparados con él, somos niños”.

El viernes 30 de agosto de 1991, Mike Powell fue el encargado de batir el récord del mundo de Bob Beamon. La marca de 8m95cm permanece inalterada. Pero los 8m90cm de México 1968 se mantienen como el segundo mejor registro de siempre y como récord olímpico. Ambos récords parece que se mantendrán varios años más. Lo que es seguro es que Beamon y Powell siempre estarán unidos por la historia.

 

LA HISTORIA DE LA FOTO DE BOB BEAMON (haciendo clic)

El podio más recordado de la historia

El 16 de octubre de 1968 el velocista estadounidense Tommie Smith, batió el récord mundial y olímpico de 200 metros lisos con una marca de 19 segundos y 83 centésimas en los Juegos Olímpicos de México. Su compatriota John Carlos acabó tercero y el australiano Peter Norman se colgó la medalla de plata. La altura de Ciudad de México ayudó a que los tiempos fueran mejores. Aunque parezca mentira, la noticia de aquel día no fueron los récords ni las medallas, horas más tarde tuvo lugar el que es y posiblemente será, el podio más recordado de la historia.

Los orígenes de los medallistas

La historia de Tommie Smith comienza el 6 de junio de 1944 en Clarksville, Texas. Sus padres eran granjeros afroamericanos que cultivaban la tierra de unos blancos. Familia numerosa y muy religiosa que acudía asiduamente a misa. Smith era el séptimo de doce hermanos. Los niños blancos se burlaban de él en el colegio, porque vestía ropa de pobre.

John Carlos nació en Harlem, Nueva York, el 5 de junio de 1945. Cuando era pequeño le dijo a su padre que quería ser nadador. Era bueno. Pero su padre le abrió los ojos y le dijo que nunca podría competir porque en las piscinas donde se entrenaban los deportistas la entrada estaba prohibida para los negros. Cambió de deporte y se dedicó al atletismo. Para entrenarse fue a la Universidad de Texas donde sufrió episodios de racismo.

Peter Norman nació en Victoria, Australia, el 12 de junio de 1942. Sus inicios no fueron duros como los de sus compañeros de podio en México. Antes de aquellos Juegos, se dedicaba a entrenar a un equipo de fútbol australiano. México 68 unió a estos tres atletas para siempre.

Los orígenes de la reivindicación

Meses antes de los Juegos de México, Tommie Smith y John Carlos se pusieron en contacto con Henry Edwards, sociólogo que lideraba la organización OPHR (Olympic Project For Human Rights), Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos. El objetivo era protestar contra la discriminación racial en lugares como Estados Unidos y Sudáfrica y contra el racismo en el deporte. La OPHR quería que los atletas boicotearan los Juegos del 68. El Black Power.

La protesta olímpica más recordada de la historia

Cuando llegó el momento de entregar las medallas de los 200 metros lisos masculinos, en la tarde del 16 de octubre del 68, se produjo la protesta olímpica más famosa de todos los tiempos. Tommie Smith y John Carlos acudieron al podio descalzos, se enfundaron un guante negro cada uno, Smith en la mano derecha y Carlos en la izquierda. En la primera nota del himno estadounidense, agacharon la cabeza y levantaron el puño al cielo en protesta por la opresión de los negros.

Fue un gesto de valentía sin precedentes en la historia del deporte. La ceremonia duró minuto y medio. Una imagen que dio la vuelta al mundo, inolvidable. Un podio histórico que los marcó para siempre. El gesto enfadó a los dirigentes de Estados Unidos y del COI. El presidente del Comité Olímpico Internacional, Avery Brundage los expulsó de los Juegos de México y su país los marginó durante años.

El tercer hombre del podio

Todo el mundo miraba a Carlos y a Smith, pero Peter Norman los apoyó y se solidarizó con ambos. Él también llevaba una pegatina de la OPHR en el pecho. Fue Norman el que sugirió a sus compañeros de podio que se pusiesen un guante cada uno, porque John Carlos se había dejado su par en la Villa Olímpica. El gesto (también valiente) de Norman no fue bien visto en su país y lo discriminaron socialmente. A pesar de que tenía buenas marcas, decidieron que no participaría en los Juegos de Múnich 1972 por su comportamiento cuatro años antes.

Al día siguiente del histórico podio, la BBC entrevistó a los medallistas de oro y bronce. Les preguntaron si creían que los Juegos Olímpicos eran el lugar adecuado para hacer lo que había hecho. Contestaron que lo habían hecho para que el mundo pudiera ver la pobreza del hombre negro en Estados Unidos. Ese mismo día en la ABC entrevistaron a Tommie Smith, le preguntaron si estaba orgulloso de ser estadounidense. Contestó: “estoy orgulloso de ser un negro estadounidense”. Décadas más tarde confesó que “sentí una luz atravesar mi cuerpo cuando dije eso”.

Smith y Carlos ahora sí son considerados héroes de aquel tiempo. Norman falleció el 3 de octubre de 2006 de un ataque al corazón, tras sufrir una depresión y consumir alcohol en grandes cantidades. Sus compañeros de podio acudieron a su funeral y cargaron su féretro. Unidos por el deporte, por la historia y por la vida hasta el final. Los tres protagonistas del saludo más recordado del siglo XX. Dos héroes negros y uno blanco. 

FOTOS: Sports Illustrated

México 68 y el año más revolucionario

Todo comenzó el 18 de octubre de 1963. Ese día, Ciudad de México fue elegida como sede de los Juegos Olímpicos de 1968. Por primera vez en la historia, un país hispanoamericano era el que se imponía en la votación del COI. Sus rivales fueron: Detroit, Lyon y Buenos Aires. En 1968 el mundo cambió para siempre, inmerso en multitud de revoluciones sociales y culturales. Los Juegos Olímpicos se celebraron del 12 al 27 de octubre, pero diez días antes de la inauguración se produjo una auténtica tragedia.

El 2 de octubre de aquel año revolucionario, los estudiantes de Ciudad de México se echaron a la calle para protestar contra la dictadura en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. El ejército mejicano disparó a diestro y siniestro y el resultado fue trágico. La estimación de víctimas mortales se quedó en trescientas, pero se cree que fueron muchas más. A pesar de todo, los Juegos de México 1968 comenzaron el 12 de octubre, Día de la Hispanidad.

Hablar de México 68 es hacerlo de una gimnasta checa que fue la gran dominadora de aquellos Juegos con seis medallas. De un saltador que voló en salto de longitud, de un estadounidense que revolucionó el salto de altura, de los puños en alto en el podio de dos atletas negros. Y además, de dos nadadores españoles que fueron capaces de ganar un diploma olímpico.

La checa Caslavska fue la gran triunfadora de México 1968

La gimnasta checa que ganó seis medallas fue Vera Caslavska. Subió al podio en las seis pruebas de gimnasia artística. Triunfó en cuatro de ellas y fue subcampeona en las otras dos. Caslavska cerró su periplo olímpico con once medallas, siete de oro y cuatro de plata.

La novia de México

Caslavska conquistó al público mexicano. En algunos de sus ejercicios sonaron “Allá en el Rancho Grande” y “La Cucaracha”. Para rizar el rizo, la gimnasta checa se casó en la catedral de Ciudad de México un día antes de la clausura de los Juegos. Por eso la llamaron “la novia de México”. Contrajo matrimonio con el también checo Josef Odlozil, subcampeón olímpico de 1.500 metros en 1964. Ellos querían haberse casado en la Villa Olímpica, pero el presidente del comité organizador los llevó al Zócalo. Más de cien mil personas acudieron al enlace. Irrepetible. Una boda olímpica en todos los sentidos.

El «Black Power»

Tommie Smith fue campeón olímpico y el también estadounidense John Carlos, acabó colgándose la medalla de bronce en los 200 metros lisos. Pero la noticia no fueron las medallas. En la ceremonia de entrega, ambos iban descalzos y con un guante negro en una de sus manos. Levantaron uno de sus brazos y bajaron sus cabezas para protestar contra el racismo. Una imagen icónica de aquellos Juegos Olímpicos, el “Black Power”, que les costó mucho sufrimiento al volver a su país. Era 16 de octubre.

Un salto extraterrestre

El saltador de longitud americano Bob Beamon, pasó a la mejora por los pelos en el tercer intento, tras dos saltos nulos. Nada hacía presagiar que esa tarde del 18 de octubre se iba a batir un récord mundial. Pero el deporte está lleno de sucesos inesperados. Beamon saltó más que nadie en la historia hasta ese momento. Nada más y nada menos que ocho metros y noventa centímetros. Una marca extraterrestre que superaba en cincuenta y cinco centímetros el récord anterior. Sigue siendo récord olímpico, Mike Powell lo batió por cinco centímetros en los Mundiales de Tokio celebrados en 1991.

La revolución del salto de altura

A las revoluciones de 1968 se unió la de un saltador de altura americano. Se puede decir sin pasarse, que revolucionó su disciplina con un nuevo estilo. Hasta aquel 20 de octubre, todos los atletas de la altura saltaban elevando las rodillas y saltando hacia delante, la técnica se llama “rodillo ventral”. Dick Fosbury ganó la medalla de oro saltando hacia atrás, con la técnica que se puso de moda y que dura hasta nuestros días, “Fosbury Flop”. El atleta estadounidense ganó en México con un salto de dos metros y veinticuatro centímetros.

España sumó dos diplomas como mejor resultado

España participó en México 1968 con un total de 120 deportistas, solo dos mujeres. Una de ellas, la nadadora Mari Paz Corominas (16 años) cosechó el mejor resultado hasta el momento para el deporte femenino de nuestro país. Acabó séptima en los 200 metros espalda. No valió diploma, porque hasta 1984 no se concedieron a los séptimos y octavos clasificados. Los que sí consiguieron diploma olímpico fueron el también nadador Santiago Esteva, quinto en 200 metros espalda. Esteva también formó parte del cuarteto español que quedó octavo en 4x100m estilos.

El equipo masculino de hockey hierba fue sexto y firmó el segundo diploma de España. El equipo masculino de baloncesto acabó en séptimo lugar. Allí estaban Nino Buscató, Clifford Luyk y Emiliano entre otros. Estos fueron los mejores resultados del equipo olímpico español. La gran anécdota se produjo en atletismo. Ignacio Sola, el saltador con pértiga, saltó cinco metros y veinte centímetros y fue recordman olímpico durante media hora. Con esa marca quedó en noveno lugar. En los Juegos de Tokio 1964 hubiera sido campeón porque se ganó con 5m10cm.

Medallas para España en deportes de exhibición

Fue una pena que el tenis y la pelota se considerasen deportes de exhibición. Los Manolos, Santana y Orantes, jugaron la final individual con victoria para el primero tras cinco sets. Santana también fue plata en dobles junto a Gisbert tras perder en la final con la pareja mejicana. En pelota, los españoles ganaron en cesta punta y mano por parejas, segundos en paleta con pelota de cuero y terceros en frontenis. De no haber sido deportes de exhibición, España habría vuelto de México con tres oros, dos platas y un bronce.

Estados Unidos y la URSS dominaron el medallero

Estados Unidos acabó en el primer puesto del medallero en aquellos Juegos del 68. 107 medallas repartidas en 45 oros, 28 platas y 34 bronces. La URSS fue segunda con 91 medallas y Hungría acabó en tercer lugar con 32. El país anfitrión sumó más medallas que nunca, tres de cada color, para sumar un total de nueve. La checa Caslavska fue la gran triunfadora, pero el soviético Mikhail Voronin subió al podio en siete ocasiones tras ganar dos oros , cuatro platas y tres bronces.